lunes, 10 de abril de 2023

YA VOY YENDO


 

"Espérame, que ya voy yendo". ¿Han escuchado o, mejor dicho, han leído, expresiones como esta? ¿Creen que es correcta? Para muchos, por cierto, se trata de una suerte de redundancia: "ir" y, al mismo tiempo, "estar yendo". Claro, podríamos considerar que, efectivamente, allí hay una evidente y hasta tal vez escandalosa redundancia. (¿Si "ya voy", para qué tengo que decir "voy yendo"?). Sin embargo, son muchos los que la escriben, creo que, sobre todo, jóvenes universitarios, cuando quieren evitar la desesperación de quién los está esperando ya con algo de impaciencia: una enamorada, por ejemplo. Y no es para menos, con lo demorones que solemos ser. Ah, pero no es todo: muchos ponen, sueltos de huesos, esto que haría santiguar atropelladamente a una monjita que, además, pudiera ser lingüista: "Ya estoy llendo", escriben. Usan la "elle", en lugar de la "ye". Repito la pregunta: ¿es correcto lo que hacen? Obvio: la respuesta que recibiré es esta: “Es una incorrección, señor”; y, claro, como diría la buena gente del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), agregaría que eso "es desaconsejable". 


Pero, aconsejable o desaconsejable, lo cierto es que (aunque no me crean) actualmente ya no estamos ante un error propiamente dicho. Hace mucho tiempo lo dije y hoy tengo la "desvergüenza" de volver a decirlo: los usos ya extendidos, asentados, dejan de ser -si alguna voz lo fueron- errores. En algún momento pudieron, incluso, ser considerados "vicios" de dicción o de escritura, pero hoy, lo “incorrecto” es, casi siempre, considerado como particularidades expresivas del idioma, y el idioma hace mucho tiempo dejó de ser uniforme. Por ejemplo, ¿recuerdan aquel "ya fuistes" o "ya llegastes"? Y vayamos un poquito más allá: en diversos pueblos de nuestra región amazónica -si no en todos- no se dice, por ejemplo, "¡Llámame!", sino algo así como "¡shámame!" (casi como la pronunciación de los argentinos). ¿Qué ocurre con estas y otras formas expresivas? Son, simplemente, características del español o castellano de cada región. Y ahora vayamos un poquito más allá, precisamente hacia la Argentina. En el imperativo del verbo "venir" lo correcto y usual -en el Perú y en la mayoría de los lugares del mundo hispanoparlante-, dirigido a una segunda persona, es así: "Ven pronto". ¿Cómo lo dicen los amigos en el país gaucho? Allí lo dicen de este modo: "Vení pronto, che". 


¿Cuál es la explicación a esta y otras particulares que se dan en diferentes países y regiones? Se debe a que, en buena cuenta, no hablamos un solo castellano (o español) o, digamos mejor, el idioma es el mismo pero nos comunicamos con lo que, en rigor, corresponde a la variedad de nuestro idioma que se da en cada lugar, lo que en buena cuenta vienen a ser nuestros propios dialectos. Ojo: Dialecto no es, como algunos equivocadamente, piensan, un "idioma inferior, propio de algunas comunidades o etnias aborígenes", sino la manera propia, con sus propias características, cómo manejamos un idioma en determinadas regiones: con vocablos, giros e incluso tonos especiales; no es nada despectivo. Y esto es válido, legítimo y... correcto. 


Es probable que haya quienes quisieran que el idioma nuestro se uniformizara, que fuera "uno" y sin "contaminaciones", como lo quisieron los primeros académicos, los fundadores de la Real Academia Española, allá por el año de 1713, y lo dijeron de manera puntual y ruda en el primer estatuto institucional (1715): "Siendo el fin principal de la fundación de esta Academia cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana, desterrando todos los errores que (...) ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar...". A ello, naturalmente, se debe el emblema de la RAE acuñado aquel entonces: "Limpia, fija y da esplendor". 


Bueno, las cosas, como correspondía (porque el idioma es como un ser vivo), han cambiado. La unidad y la pureza en un idioma son, sin duda, aspiraciones nobles y exultantes; no significa, sin embargo, que lo contrario sea precisamente algo negativo. En estas cosas, la libertad es lo que se impone, sobre todo para innovar; y -¡al grano!- con aquello de “Ya voy yendo” lo que se busca es, simple y llanamente, mayor expresividad en el mensaje, mayor énfasis, y el verbo "ir" en indicativo de la primera persona, en este caso, equivale a la misma forma del verbo "estar" ("Ya estoy yendo"); y, bueno, lo de "llendo", solo se debe a una involuntaria confusión fonética entre muchos hablantes. (Pero, claro, si usted está en desacuerdo con lo que aquí he dicho, dígamelo, por favor. Y le aseguro que pronto estaremos juntos para charlar; así que espéreme, que ya voy yendo).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 


miércoles, 29 de marzo de 2023

ADVERBIO "SOLO" O "SÓLO". ¿TILDE OPTATIVA U OBLIGATORIA?

 

Sigue la discusión acerca del adverbio "solo"; ahora, en el Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), en Cádiz. La norma ortográfica aprobada por la RAE decía esto: “… la palabra solo, tanto cuando es adverbio como cuando es adjetivo, así como los demostrativos este, ese y aquel […] son voces que no deben llevar tilde según las reglas generales de acentuación". 


Las cosas estarían cambiando. Salvador Gutiérrez Ordóñez, director del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), al respecto señala que no es la norma la que está cambiando, sino solamente su redacción. Efectivamente, esta es esa nueva redacción, que aparecería en el DPD: "Es obligatorio escribir sin tilde el adverbio solo en contextos donde su empleo no entrañe riesgo de ambigüedad", y agrega: "Es optativo tildar el adverbio solo en contextos donde, a juicio del que escribe, su uso entrañe riesgo de ambigüedad". "Riesgo de ambigüedad". 


Aquí mis modestos comentarios. En el primer caso (referido a la "obligatoriedad" de escribir sin tilde), ¿cómo se determina la existencia del riesgo de ambigüedad?, ¿por designio de la norma académica o "a juicio del que escribe"? ¿Qué pasa si escribo una frase como esta: "Solo si Juan viene solo, es decir, sin compañía, lo dejamos ingresar"? ¿Hay "riesgo de ambigüedad"? No, definitivamente no. O sea, si se me ocurre ponerle tilde al adverbio, cometo una infracción gramatical, ¿verdad?, pues, según la redacción de la nueva norma académica (que aparecerá dicha en el Diccionario Panhispánico de Dudas), en casos como este "es obligatorio" escribirlo sin tilde. Absurdo, completamente absurdo. ¿Allí, la tilde de convierte en un elemento vandálico, tal vez? ¿Y si quisiera decir esto: "Solamente solo, le dije que podía ingresar", pero lo escribo de este modo: "Solo solo, le dije que podía ingresar"? ¿Aquí hay "riesgo de ambigüedad"? A mí me parece que sí, y por ello preferiría ponerle tilde al primer "solo", que es adverbio, y estaría en lo correcto. 


¿Y por qué demonios, cuando hay "riesgo de ambigüedad" estoy facultado a decidir (es decir, por mi libre albedrío) si le pongo o no tilde al adverbio de marras, y, en cambio, cuando me parece que ese riesgo no existe ("a juicio del que escribe", dice la norma), estoy prohibido de usar la tilde? La verdad (es mi opinión) es que, haya o no haya riesgo de ambigüedad (o parezca que hay o que no lo hay) en la escritura del adverbio "solo", en ambos casos el uso de la tilde debe ser optativo. 


Veamos lo que actualmente dice el DPD: “… cuando esta palabra (“solo”) pueda interpretarse en un mismo enunciado como adverbio o como adjetivo, se utilizará obligatoriamente la tilde en el uso adverbial para evitar ambigüedades: Estaré solo un mes (al no llevar tilde, solo se interpreta como adjetivo: ‘en soledad, sin compañía’); Estaré sólo un mes (al llevar tilde, sólo se interpreta como adverbio: ‘solamente, únicamente’); también puede deshacerse la ambigüedad sustituyendo el adverbio solo por los sinónimos solamente o únicamente”. Y si la frase “Estaré solo un mes” es dicha oralmente (no escrita), ¿cómo puede el interlocutor entender que ese “solo” es un adjetivo y no un adverbio, es decir, que el hablante no estará acompañado, o que su estadía no durará más de un mes? Obviamente, en esta situación es el contexto el que ayuda; y, sobre todo, si se trata de una conversación frente a frente, cualquier duda que surja es fácil de aclararse; no si se está ante un mero texto escrito. La tilde, pues, no tiene por qué ser obligatoria en el caso del adverbio “solo”. 


Por ello, lo digo finalmente, estoy convencido de que la primera frase que he citado (de la “norma ortográfica”) debe ser, definitivamente, eliminada, debiendo quedar solo (o sólo) esta: "Es optativo tildar el adverbio solo en contextos donde, a juicio del que escribe, su uso entrañe riesgo de ambigüedad".

 

© Bernardo Rafael Álvarez


jueves, 9 de marzo de 2023

EL GUIÓN (Mi alegato)

¿Alguien pronuncia "guión" tal como lo hace con el vocablo "kion" (que es como se le conoce en el Perú al jengibre)? Quizás haya algunos; pero lo cierto es que la mayoría de los hablantes, no. Prácticamente todos decimos [gui.ón] (en dos sílabas), mientras que la otra palabra la pronunciamos en un solo golpe de voz.

 

El nombre de la rayita que sirve para dividir, al final de renglón, una palabra que no cabe completa, y con el que también se designa al texto en que aparece el contenido de una película con las indicaciones para su realización, se llama "guión" y proviene no de "guia" (monosílabo inexistente en nuestra lengua) sino de "guía" [guí.a] (así como "pió" deriva de "piar" [pi.ár]; y es, por ello, descabellado decir "él pio" y, peor aún, "yo pie" -¿la extremidad de los miembros inferiores?-; pues, simple y llanamente, no son monosílabos).

 

¿Saben por qué la misma RAE ha llegado a aceptar que el adverbio "solo" puede escribirse con o sin tilde, y que eso depende del hablante? Y, ya concretamente, ¿saben qué dijo respecto de "guión"? Dijo esto (ver: Diccionario Panhispánico de Dudas): "La doble grafía, con tilde o sin tilde, responde a las dos formas posibles de articular esta palabra" (hiato/diptongo). Bueno, lo dijo porque reconoció que son los hablantes los que, realmente, deciden en los asuntos de la lengua; es decir, que estas cosas dependen del cómo se habla; y es por ello por lo que el vocablo en cuestión aparece escrito de dos maneras en la edición 22 del Diccionario de la Academia: guión y guion, y desde mucho antes lo normal era escribirlo con tilde (en el Diccionario de Autoridades, edición de 1734, aparecía guión).

 

Ah, pero en la nueva edición solo aparece una forma ("guion"). Claro, han eliminado la forma escrita con tilde en la "o". ¿Por qué han hecho esto? Creo que la explicación es simple: Se trata de una ocurrencia -que, creo, carece de un sustento sólido- de los miembros de la institución que seguramente siguen creyendo que la docta corporación matritense es (como reza el lema institucional, creado en 1715) la que "limpia, fija y da esplendor" a la lengua (lo cual no es cierto); y seguramente tomaron esa decisión, del mismo modo como se decide en los parlamentos políticos: por simple mayoría de votos.

 

¿Qué ha ocurrido después de publicada la edición 22 del Diccionario? ¿Acaso se han producido cambios en el uso de la lengua, que pudieran justificar la aludida variación ortográfica dispuesta por la Academia? ¿Tal vez los que pronunciaban la palabrita de marras en dos golpes de voz, de pronto dejaron de hacerlo y terminaron convirtiéndola en monosílaba? No, eso jamás ha sucedido.

 

Veamos, pues, lo que ahora se dice en la RAE al respecto "... por eso, con independencia de su pronunciación, 'guion' es monosílaba a efectos ortográficos y no lleva tilde" ¿"Con independencia de su pronunciación"? Y también dicen esto que, de verdad, ya linda con la tontería: "Esta convención es puramente ortográfica, por lo que no implica, en modo alguno, que los hablantes deban cambiar la manera en que pronuncian naturalmente estas voces, sea con hiato o con diptongo". ¡Absurdo! O sea, en otras palabras, "Que hablen como les dé la gana, pero la Academia se mantiene en sus trece; es como si dijeran: "Qué diablos nos importa cómo hablen, porque 'nuestra ortografía' seguirá bailando su propia tonada"; es decir, ¿la ortografía nada tiene que ver con la lengua real; es fiesta en otro barrio? ¡Ay, Taitito!

 

Repito, finalmente: El hablar -aunque no les guste a los académicos- no depende de la ortografía; es la ortografía la que depende del hablar. Ah, y, por si acaso, no es que yo quiera "acomodar" la ortografía a mi manera de hablar (cómo hable yo nada tiene que ver con el asunto: es el habla de todos, o de la mayoría, lo que debe tenerse en cuenta): lo que tiene que saberse es que la ortografía debe acomodarse al modo de hablar, y no a la inversa.

 

Ya lo dije al principio: Prácticamente todos los hispanohablantes pronunciamos [gui.ón], en dos sílabas; y por ello, es dable y correcto ponerle tilde a la "o". Pero, claro, si es que estuviera probado que en algunos lugares este vocablo también es pronunciado como monosílabo, correspondería, entonces, que la Academia modificara la entrada correspondiente del Diccionario y restableciese la redacción que estuvo vigente en la edición 22 del repertorio lexicográfico oficial. Es, creo, lo más atinado. Pero no vaya a ser que se quiera negar esto echando mano al recurso aquel del "principio de unidad ortográfica", porque ese argumento sería, sencillamente, inválido, enclenque y absurdo: En cuestiones de la lengua lo que corresponde es, más bien, respetar y, sobre todo, asumir, un principio que, especialmente, es común en el terreno jurídico pero resulta válido para el caso: el principio de "primacía de la realidad", que, además, se condice con la certera afirmación desprendida de la Epístola a los Pisones, escrita por Horacio, el gran poeta latino, y que es citada en la vigésima segunda edición del Diccionario: en cuestiones de lengua, el uso manda (y, efectivamente, así es y así será siempre). Y, además, conviene tener en cuenta lo siguiente: Antes que prescriptiva, la RAE debe cumplir, sobre todo (como ya, de hecho, lo está asumiendo, y es lo correcto), una función descriptiva. 

Y, otra cosa, la Academia no tiene autoridad para "disponer" cómo debemos usar el idioma; solo puede emitir opiniones y, si se quiere, dar consejos o recomendaciones, pero nada más: no es, no puede ser, lo que sus fundadores quisieron que fuera.

                                                                                     

            © Bernardo Rafael Álvarez


viernes, 13 de enero de 2023

"NUMERA'O, NUMERA'O, VIVA LA NUMERACIÓN": Abreviatura de los números ordinales

De frente al grano: Por ejemplo, las abreviaturas que yo hago de los números ordinales son y seguirán siendo (espero que siempre) las que aprendí desde niño, y no las aprobadas por la Real Academia Española (RAE). Como ustedes saben números ordinales son aquellos que expresan orden o sucesión y el lugar que en una serie ordenada ocupa cada elemento: primero, segundo, tercero, etc. Si mal no recuerdo, al menos hasta hace unos treinta y cinco años yo estaba seguro de que no había regla alguna que determinara el procedimiento para la formación de abreviaturas (lo digo, tomando como referencia un diccionario Larousse ilustrado de 1988, que, a la letra, decía: “No existe regla absoluta para la formación de abreviaturas. En general, se adoptan las primeras letras de la palabra…”). Años después supe que la RAE había asumido como norma la representación numérica de los ordinales -su abreviatura, propiamente-, usando números arábigos, de un modo particular. Veamos, previamente, lo que dijo la "docta corporación matritense" al respecto: Entre las abreviaturas que incluyen letras voladas forman un grupo especial las correspondientes a los numerales ordinales que se crean combinando la cifra que representa al número de orden con las terminaciones voladas a, o, er, que corresponden a la palabra numeral abreviada" (Ortografía de la lengua española, 2010). Bien. Esta es la forma asumida por la RAE para escribir dichas abreviaturas: poniendo el respectivo número natural seguido de un punto y luego una letra volada que corresponde a la última del nombre de la cifra (1.º, 2.º, 3.º, etc.), o las dos últimas letras si es que se trata de los nombres apocopados (1.er, 3.er). La RAE no explica (y creo que nunca lo ha hecho) el porqué del punto entre el número natural y la letra volada.[1] Repito: las abreviaturas de los números ordinales yo no las escribo de ese modo. ¿Por qué? Porque no le encuentro sentido a la presencia de ese punto allí ubicado, entre el número y la letra o las letras finales del nombre que, como dije, van en volada (o sea, chiquitas y en la parte alta); y, además, porque, como ya se vio, no he encontrado por ninguna parte una explicación convincente que justifique razonablemente tal cosa. Pregunto: Si, como dije, la letra volada es, en verdad, la última del respectivo nombre ("primero", "segundo", "cuarta") y se coloca obviamente para que la cifra no sea pronunciada, por ejemplo, como "uno" o "primer" o "dos" o "segund", sino "primero" o "segundo" o "cuarto", según corresponda, ¿qué papel cumple el involuntariamente imprudente y antipático punto colocado entre el número y la letra o letras voladas? Creo que ningún papel o función con significación específica alguna; solo es, por decir lo menos, absurda su presencia (ni siquiera sirve de adorno). ¿Cuál es la forma tradicional de escribir las abreviaturas de los ordinales, que yo he conocido y que en el Perú ha sido y sigue siendo de uso frecuente y de la que yo no quiero desprenderme? Esta: 1º, 2º, 3º, 4ª...; 1er, 3er; formas de expresión gráfica en las que -como creo es obvio- la cifra escrita representa a la raíz del nombre que corresponde al número ordinal (primer…, segund…, tercer…, cuart…; prim…, terc…) y las letras voladas hacen, digamos, la función de desinencias, con que se completa el nombre y se determina, además, el respectivo género masculino o femenino (primer/o, segund/o, cuart/a; prim/er, terc/er). 

¿Tiene alguna justificación que se separe con un punto lo que viene a ser, repito, la desinencia, de lo que es la raíz de la palabra, para expresar gráficamente la abreviatura de los números ordinales? Estoy plenamente convencido de que no tiene ninguna justificación, que eso es descabellado. ¿Dirá alguien que, como está indicado en el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), "(se) escribe siempre punto detrás de las abreviaturas"? No es lo correcto, puesto que el mismo lexicón aclara que eso no sucede "en el caso de aquellas (abreviaturas) en las que el punto se sustituye por una barra: c/ por cable, c/ por cuenta"; y existen también las abreviaturas que van entre paréntesis y sin punto: (a) por alias. O sea, hay excepciones: una de estas debe ser, sí o sí (lo digo sin un milímetro de duda) el caso de las abreviaturas o representaciones numéricas de los ordinales. Bien. Estoy dispuesto a presentar, y lo haré muy pronto (tal vez en las próximas horas), mi propuesta al organismo correspondiente: la RAE, a ver qué atención le brindan. Mientras tanto, insisto: de que yo seguiré escribiendo como siempre, sin ese inútil y medio vandálico punto, la abreviatura de los números ordinales, lo prometo, lo seguiré haciendo; soy cholo terco, pues. ¡Un abrazo, amigos queridos!

 

© Bernardo Rafael Álvarez

13 de enero del 2023



[1] Debo decir, sin embargo, que es necesario y justo hacer una precisión. Después de conocer parte de lo aquí dicho por mí (pues se lo envié), la Fundación del Español Urgente (Fundéu RAE) me acaba de indicar, textualmente (por medio de correo electrónico), que la forma de representar las abreviaturas que yo cuestiono, corresponde en realidad a “la grafía tradicional, que se puede encontrar en las obras académicas normativas desde, como poco, el siglo XIX, aunque haya obras que, por lo que comenta, no las hayan recogido o explicado debidamente”. 

O sea, no es nada nuevo como yo creía. No he tenido acceso aún a alguna obra normativa de aquel tiempo, pero -efectivamente- en un libro de 1873, que conservo como una joya en mi biblioteca (Ancachs y sus riquezas minerales, de Antonio Raimondi) al señalar las “condiciones esenciales” para que un ferrocarril pueda exportar ciertas producciones (página 23), hace, por ejemplo, esta indicación: “2.º Que pase por las poblaciones más importantes del Departamento”. Como se ve, usa la abreviatura en que aparece la cifra seguida del punto y finalmente la "o" volada (o superíndice). Sin embargo, al referirse a la primera de esas “condiciones esenciales”, solo pone el número y la "o" volada (1º); y, es más, en la página 26, los números ordinales están representados así: 1a. 2a., 3a., 4a., 5., 6a. 

¿Qué revela esto? Que, no había pues, una norma que obligara a escribir de una determinada manera las abreviaturas de los números ordinales. Ergo, la abreviatura con solo la cifra y la letra volada, que muchos usan desde sabe Dios cuándo, era y es válida, pues (coexistían distintas formas); y, por tanto, válida es, también, mi propuesta aquí explicada. (27/01/2023)

 

lunes, 7 de marzo de 2022

"ENANTES" NO ES UN ADVERBIO EN DESUSO

 

Ya en 1791, en la tercera edición del Diccionario de la Lengua Española, aparecía registrado este adverbio, lo que significa (obvio, ¿verdad?) que era un término empleado desde años atrás y que (también es obvio) no eran pocos los hablantes que lo empleaban. (En un diccionario de 1913, que conservo en mi biblioteca, también está). Ahora, en pleno siglo XXI, la situación es la misma (son muchos los que lo usan), aunque la refinada gente de la “alta cultura” y especialmente los actuales académicos de la “docta corporación matritense” sigan creyendo que es un vocablo en desuso (”adv. desus.”, dice el DLE). Su significado es “hace un instante”, o “recientemente”. ¿No pertenece al habla culta; es “vulgar”, acaso? Bueno, digamos que sí: porque su uso es común en la gente del pueblo; pero no es “vulgarismo” o “vulgaridad” en el sentido reprobable, de “incultura” (no solo los profesionales o los doctores son cultos; y no solo las palabras “cultas” son válidas). ¿Es un adverbio incorrecto? No, de ninguna manera. ¿Dirán que es un adverbio incorrecto porque su formación es gramaticalmente disparatada, porque se trata de la unión “contrahecha” o descabellada de una preposición (“en”) y un adverbio (“antes), lo que genera un “sinsentido”? No siempre las palabras se construyen acatándose ciertas normas de “corrección”, señores. “Talvez”, por ejemplo (antes solo se escribía “tal vez”), es la contracción de “tal” (adverbio o adjetivo demostrativo o indefinido) y “vez” (sustantivo que tiene que ver con tiempo): ¿Literalmente dice algo? Nada ¿Tiene sentido? No. Pero –como corresponde- la legítima arbitrariedad, el consenso, le dio significado, sentido, y –como sabemos- es sinónimo de “quizá”. O sea, al adverbio “enantes”, por ningún lado se le puede, acertadamente, atacar, reprobar, repudiar. Felizmente, la Academia volvió a incorporarlo en el Diccionario oficial. Pero es tiempo, creo yo, de que elimine del importante repertorio lexicográfico la referencia aquella (que es equivocada) según la cual “enantes” es un adverbio en desuso. No está en desuso; sigue vivito y coleando. ¡Un abrazo!

© Bernardo Rafael Álvarez


martes, 28 de diciembre de 2021

¿HAYA O NO HAYA, HAIGA SERÁ? Mi alegato

 I


Fastidiado (tal vez disgustado) por el verbo "aperturar”, Fernando Lázaro Carreter, que fue Director de la Real Academia Española (RAE) de 1992 a 1998, alguna vez afirmó esto: “Aperturado el camino, nada impide que lecturar sustituya a leer, baraturar a abaratar y licenciaturarse a licenciarse”. Es evidente que su propósito fue simplemente ironizar respecto de aquello que le parecía impropio; sin embargo, lo que -obviamente sin querer- logró fue afirmar una verdad monda y lironda (es decir, no se equivocó). Efectivamente, no hay nada que impida que esas formas verbales –mencionadas por él, y que tal vez le parecían “monstruosas”- puedan en algún momento ser concebidas, lo cual no sería ilegítimo ni incorrecto. ¿Razones para oponerse? Ninguna. 

Lo del académico Lázaro Carreter fue, pues, solo una graciosa e inocua ironía. Lo hecho por otros, en torno a este verbo "indeseable", sí resultaba rudo, acre y hasta ponzoñoso. “Aperturar", para ellos fue siempre un disparate, un asqueroso barbarismo, algo ajeno al sentido común, aberración y monstruosidad, algo digno de ser condenado al fuego del infierno; tan intensa era la molestia que experimentaban que daba la impresión de que se sentían afectados como si se tratara de un asunto que les estuviera golpeando directamente, y parecía que lo asumían casi como un caso de necesaria protección al "honor familiar”. "¿El verbo 'aperturar'? ¡Maldita sea, hay que expatriarlo!", parecían exclamar, furiosos. 

(Uno de los poquísimos empeñados en defenderlo -si es que no el único- fui yo; convencido de que las palabras no se dividen en buenas y malas, y que los hablantes y escribientes no somos súbditos de ninguna corona real, que en estas cosas hay o debe haber libertad. Es decir, yo echaba mano a algo sumamemte elemental: el sentido común). 

Bueno, ha pasado el tiempo y ¿qué es lo que ha ocurrido finalmente? Contra viento y marea, e incluso contra sus propios escrúpulos, hace unos pocos días, la RAE (que también lo rechazaba) ha hecho -por justicia y digamos que por la voluntad general de los pueblos- lo que correspondía: incluir el, para muchos, antipático verbo en el Diccionario de la Lengua Española (DLE), concretamente en la actualización 23.5 que fue presentada el pasado jueves 16 de este mes (diciembre, 2021). “Aperturar” ya dejó, pues, de ser un verbo espurio. 

Pero, pregunto, ¿ha sido el único verbo durante mucho tiempo despreciado en nuestra extensa comarca hispanoparlante? No. No solo él ha sufrido en carne propia la rudeza del rechazo, el escarnio y hasta la ofensa, no solo él se ha hecho merecedor del "libelo de repudio". Hubo otros también, que aún siguen soportando los embates de lo que pareciera ser una suerte de "odio de clase": la "alta burguesía intelectual" contra el desarrapado "proletariado" lingüístico). 


Víctima es, también, esto que voy a mencionar: una de las formas verbales que no solo no es de existencia reciente -pues viene siendo empleada desde varios siglos atrás- sino que además, es usada por muchísima gente en diferentes países. (Respecto del Perú no lo sé exactamente, pero estoy seguro de que no son pocos; y, según tengo entendido –por cierto, aún sin confirmar-, en México es empleada por el 35% de su población). Ello no obstante, esta forma verbal, según la RAE (lo ha dicho en el Diccionario Panhispánico de Dudas y a través de otros medios) es ajena a la norma culta, o -peor aún- en palabras de doña Marthita, nuestra ilustre lingüista: es "absolutamente inaceptable”. Situación absurda e injusta, realmente. (Más adelante expondré mis razones).

¿Cuál es ese ya prácticamente condenado elemento verbal que usa el "vulgo” y que los "arios" de la lengua quisieran hacer que desaparezca? Es este: el modo subjuntivo del verbo haber, es decir, el HAIGA, acerca de lo cual tenemos lo siguiente. En respuesta a una consulta, hecha a través del Twitter, la RAE dio esta respuesta, en julio del 2019: “Formas como ‘haiga, vistes’ o 'naiden' no son válidas y se consideran sin duda ajenas a la norma culta”; y si revisamos el Diccionario Panhispánico de Dudas encontraremos que “hoy son ajenas a la norma culta las formas de presente de subjuntivo haiga, haigas, etc., en lugar de haya, hayas, etc.”.

Es cierto, el subjuntivo “haiga” (porque, efectivamente, lo es) no forma parte de la llamada norma culta o lengua culta (o uso culto). Quienes lo emplean, con absoluta naturalidad y sin estar preocupados por lo que pudieran decir los doctores (y acaso ser prohibidos por ellos), son, sobre todo, gente humilde, generalmente de pueblos o barrios pobres, aquellos que tal vez por razones económicas no pudieron acceder a niveles de estudio elevados; son las personas a las que el mundo ilustrado suele llamar analfabetos y son mirados despectivamente, por sobre el hombro, y hasta son objeto de burla. No son pocos, pero a pesar de ello, la aludida forma verbal que emplean cotidianamente sigue siendo rechazada no solo por la gente “culta” sino, especialmente, por la institución cuyo papel no es calificar la calidad de los vocablos y “avalarlos” o prohibirlos sino, únicamente -cuando llega a documentarse que su uso es generalizado en determinada área geográfica del habla hispana- asimilarlos y eventualmente incorporarlos al Diccionario. Esta institución es la RAE. Es posible que alguien, tras revisar el repertorio lexicográfico oficial, diga que sí, que “haiga” sí está registrado allí. Empero, hay que precisar que esa entrada no corresponde al subjuntivo del verbo “haber” que es a lo que estoy refiriéndome en este trabajo. No lo es. Lo que aparece (y es dicho textualmente en el Diccionario) es un sustantivo referido a un “(a)utomóvil muy grande y ostentoso, normalmente de origen norteamericano”, pero –ojo- con estas particularidades: se trata de un sustantivo coloquial de poco uso en España (“coloq. Esp. P. us"), y que suele emplearse en sentido irónico ("U. m. en sent. irón."). “Sentido irónico”. ¿Por qué? Porque comenzó a ser empleado, y así continúa, para burlarse de las personas de “bajo nivel cultural” que alcanzaban un nivel económico bastante holgado que les permitía darse algunos lujos como, por ejemplo, adquirir un automóvil costoso y que cuando preguntaban por las características del vehículo que querían simplemente decían “el que haiga”: los nuevos ricos, pues, convertidos en objeto de chacota debido a su modo de hablar. Como se ve, fue una voluntad innoble y perversa la que generó el vocablo en referencia o la asignación de su nuevo significado. El uso de este sustantivo, como lo reconoce la RAE, y ya vimos, es minúsculo en la península ibérica y casi invisible; sin embargo, a diferencia del subjuntivo “haiga”, que sí es empleado por grandes sectores de hablantes en diversos países, el que terminó siendo “oficializado” por la Academia es aquel que ya casi se ha extinguido. Un desatino académico que es absurdo, injusto y reprobable, pues.


II


¿Merece ser validado, reconocido y, digamos, “rescatado” oficialmente el subjuntivo del verbo haber, en la forma “haiga”? Veremos. ¿Es, como creen muchos –especialmente los académicos de la RAE-, una forma realmente incorrecta? Veremos. ¿Existen argumentos que nos permitan revalorarlo y sustentar y amparar su defensa y vigencia? Veremos. En los siguientes párrafos me ocuparé de esto: es decir, daré respuesta a estas interrogantes. 


III


Veamos. ¿Cómo se forma el modo subjuntivo de los verbos? ¿Existe alguna regla precisa, estricta, obligatoria, inmovible? Que yo sepa no existe, no la conozco. Alguien podría decir, por ejemplo, que se da de este modo: Al verbo en infinitivo se le altera la desinencia, reemplazándola con “a”: de beber: beba; leer: lea; lamer: lama. Fácil, ¿no? ¿Y con el verbo “saber”, sería “saba”? Es “sepa”, porque se altera la raíz, como también ocurre con el verbo “morir” (“muera”), o “caber” (“quepa”). O sea, la cosa no solo es reemplazar la desinencia con “a” y, como veremos, tampoco solo alterando la raíz: valer: valga (y no “vala”); poner: ponga (no “pona”; crecer: crezca (no “creza”); hacer: haga (no haza); poner: ponga (no “pona”)… 

¿Y qué hacemos con los verbos “caer” y “traer”? ¿Diríamos “caya”, para el primero; y para el segundo, “traya”? No. El subjuntivo de “caer” es “caiga” y el de traer es “traiga”. ¿Se trata de una formación gramaticalmente irregular? ¿Suena horrible escuchar “caiga” y “traiga”, son sonidos de mal gusto, acaso una barbaridad, y por ello debieran ser calificados como barbarismos? No, claro que no. ¿Y por qué, en cambio, sí es considerado un barbarismo, y repudiado, el subjuntivo “haiga”, del verbo “haber? ¿Acaso ha sido generado con infracción de alguna regla o norma lingüística? El subjuntivo del verbo “roer” es “roa” y también es “roya”, lo que, naturalmente, es correcto y válido; pero, ¡agárrate Catalina!, también es “roiga”. Ah, pero del verbo “haber” solo debe ser, solo tiene que ser (como un mandato ineludible) “haya” y no el “horrible” “haiga”. ¡Qué absurdo, caracho! Qué torpe la disposición virtualmente dictada (obviamente, de dictadura) por los pudorosos académicos y los aristocráticos “protectores” de la cultura (seguidores, en estas cosas, del poeta Eliot, que hablaba de la cultura como privativa de minorías). 

No hay, pues, una sola manera (regla o norma) que deba seguirse o acatarse para la formación de los subjuntivos; os obvio, creo yo, que como casi en todo lo de las lenguas lo que se impone es la arbitrariedad, por eso la diferencia de formas: vea, beba, sepa, muera, valga, crezca, ponga, haya, traiga, caiga… ¿Y por qué no el vilipendiado “haiga”? Claro, porque suena “feo”, dirán, y porque, fonéticamente, no tiene punto de comparación con la melodiosa eufonía de “caiga” y “traiga”. Ocurría lo mismo con “aperturar”; “aculturar” ha sido, siempre, un verbo bienaventurado, como “estructurar” o “aventurar”, pero el sonido de “aperturar" podía, aparentemente, romperles el tímpano a muchos sensibles indignados.

"Haiga" -no debemos olvidar- es una forma que se usaba antes de que apareciese "haya". ¿Fue incorrecta, y ahora ha dejado de serlo? No. Solo son formas diferentes y ninguna es incorrecta, ninguna es mejor que la otra; lo que ocurre es que una de ellas es rechazada por los estratos culturalmente "nobles", en una palabra: es discriminada. Nada hay por lo que, lingüísticamente, deba ser puesta en entredicho.


 IV


Aunque referida a otra cosa, al principio hice esta pregunta: ¿Razones para oponerse? Bueno, respecto del subjuntivo “haiga”, mi respuesta es la misma: ninguna, no hay ninguna razón para oponerse. Se trata de una forma usada por muchísima gente especialmente humilde, aquí y en otras latitudes, y desde hace muchísimo tiempo. ¿Debe prohibirse su uso? No. Al contrario, merece ser alentado. Tienen todo el derecho a usarlo los hablantes, y bien si lo siguen empleando. La Academia debería, por su parte, considerarlo –es su obligación hacerlo- no como un error, ni menos como un barbarismo, sino como una variedad válida y legítima en el idioma castellano. Punto. Es uso popular. Repito, lo usa especialmente la gente humilde, y no hace mal; y no porque el uso se dé en gente humilde la expresión se convierte en vil. Y, bueno, como sabemos, el uso manda, pues, y debe ser respetado. Parafraseando a Lázaro Carreter diré, finalmente, que el camino está aperturado y no hay nada que impida la revaloración del subjuntivo HAIGA.


                                        © Bernardo Rafael Álvarez


 



lunes, 1 de noviembre de 2021

MOTOSO

 

Dice el Diccionario de la Lengua Española (DLE) que en Chile y Perú, "mote" es "error en lo que se habla o escribe" y que, particularmente en nuestro país, "motoso" o "motosa" se le dice a la persona que habla con "motes" (o sea, hay que entender que lo que quiere decir la RAE es que la persona "motosa" habla con "errores"). ¿Eso es cierto? ¿A la persona que habla o escribe con errores le decimos "motoso", realmente? ¿Para nosotros los peruanos, "mote" es sinónimo de error al hablar o escribir? No.

 

En realidad, el peruanismo "mote" es usado como una medio perversa alusión al "maíz pelado" (que se emplea para la preparación de la sopa o caldo de mote, o la patasca, potajes provenientes de los pueblos de nuestra serranía), y se lo asocia con el modo de hablar el castellano por parte de nosotros los serranos; específicamente por el dejo, o acento andino, y más aún si este acento proviene del quechua u otra lengua indígena. Podría haber, claro, una referencia a "error en lo que se habla", sin embargo, no en sentido genérico como lo da a entender, equivocadamente el DLE, pues -con más exactitud- se trata de un "no hablar bien" el castellano no por cualquier persona, sino por quien tiene origen andino, en cuyo modo de expresarse lo que prevalece, o es muy notorio, es -repito- el dejo o acento que, digamos, lo identifica como serrano: el "mote". Y, en concreto, se le llama motosa a la persona que, incluso, a pesar de hablar correctamente el castellano, es notorio en su pronunciación el dejo o acento andino. Suele decirse: serrano, "el que come mote". Y, bueno, ya casi no se usa, pero otra palabra con que se nombraba a los andinos era "queso", obviamente como una "identificación" con estos productos lácteos muy comunes en nuestros pueblos andinos. Hay, pues -repito- un propósito o una connotación de carácter medio perverso, de sarcasmo. 


Pero, insisto, "mote", en el Perú, no es sinónimo de error en lo que se habla (mucho menos en lo que se escribe), y "motoso" no es precisamente quien habla con errores: los errores no son "motes".