¿NUESTRO CASTELLANO? En verdad sería lindo si esto, que en diálogo reciente sugirió un amigo, pudiera hacerse efectivo: “preservar” el castellano nuestro. La realidad, sin embargo, casi siempre es adversa a los buenos deseos; Luis Cernuda, el gran poeta español calificó a la realidad como "un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo".
En primer lugar es casi
imposible afirmar con certeza cuál es el castellano peruano, puesto que hay más
de uno según la zona o región en que es hablado. Cada uno
tiene sus propias particularidades, no solo por el "dejo" (los
cantaditos de Loreto, Piura, y Cajamarca; el acentuado al final de Arequipa; el
poblado de "seseos" de Puno, etc.), sino también por su léxico
diferenciable. El castellano de Pallasca, mi tierra, por ejemplo, no se parece
al del Callejón de Huaylas; somos ancashinos, pero hablamos con algunas características diferentes. En
Pallasca, el castellano tiene tres vertientes alimentadoras: El culli -lengua
anterior a los Incas-, el quechua y el español. Y es rico y hermoso. Tenemos
expresiones como estas muy sugestivas: "muganshya",
"chúrgape", "surrupear", etc., etc.
Nuestro castellano, el
de cada uno de nuestros pueblos, no es una lengua "pura" (en el sentido que se conoce como "pureza": es decir, sin influencia de otras lenguas). En aquella "impureza" está su fortuna. Por lo demás, ninguna lengua es pura o, mejor dicho, ajena o libre de influencias externas (¿alguien podría demostrar lo contrario de lo que digo?); las "puras" han desaparecido o se encuentran en proceso de extinción (el latín y algunas o muchas aborígenes). Mi
apellido es Álvarez, patronímico de Álvaro; y, según tengo entendido, su origen sería germánico.
La influencia, intercambio o, si se quiere, el
"colonialismo" idiomático (he puesto comillas, por si acaso), es decir, los préstamos, no son nada nuevo (cerca del 80% de los vocablos en nuestro idioma son préstamos de otras lenguas); tal vez sea razonable la preocupación de algunos, pero la asimilación de expresiones ajenas es (debemos
asumir esta verdad) irrefrenable, inevitable. Sin quisiéramos impedir que eso ocurra,
habría la necesidad de ir en contra de más de un derecho; uno de ellos la libertad de
expresarse (cerraríamos los canales de televisión, por ejemplo) y para que eso
ocurra, ya que no podría hacerse en democracia, nos veríamos -caballero nomás-
obligados a avalar una dictadura, con lo cual se iría al diablo todo lo
conquistado.
En temas de la lengua no tienen por qué intervenir los gobiernos.
La Academia (que no nos gobierna a nosotros los hablantes) interviene para proponer,
es decir, sugerir la conveniencia de aceptar ciertas reglas como
"correctas", pero no tiene autoridad para imponer; nadie le ha dado autoridad para
imponer. En asuntos de comunicación entre personas (lenguaje, lengua, habla) la
democracia se cumple a cabalidad: mayoría manda y la imposición se da de abajo
hacia arriba. Los académicos admiten (bueno, solo es un decir), porque tienen que admitirlo pues el uso impone y establece la norma; nunca es al revés ("admiten",
no consagran; no pueden autorizarnos ni prohibirnos, y no tenemos por qué
aceptarlos como si fueran nuestros patrones o gamonales).
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