Afirmo: "Considerando en frío, imparcialmente" (Vallejo dixit), la libertad de las lenguas solo está sometida a la voluntad de los hablantes; no de gobiernos ni academias. (Bernardo Rafael Álvarez)
lunes, 27 de febrero de 2012
OJALÁ
OJALÁ. Se trata de una interjección que expresa el deseo de que algo suceda. Audaz, Juan Luis Guerra puso en su canción: "ojalá llueva café del cielo"; y, perverso, el grupo de Los Hermanos Yaypén, canta: "ojalá que te mueras y se abra la tierra, te hundas en ella y todos te olviden". Se trata de una de las expresiones que, sin duda alguna, debe ser la que más se emplea en la comunicación diaria, debido a que, frente a la realidad y sus carencias, lo que más ponemos de manifiesto son buenos o malos deseos. Proviene, como lo indica el DRAE "del ár. hisp. law šá lláh, si Dios quiere". Así, tal como aparecen en las frases que hemos citado, es como los peruanos la empleamos desde mucho tiempo atrás. Pero ocurre que desde México (cuándo no!) nos llegó otra modalidad de uso que nuestra gente joven, siguiendo a los personajes de la televisión (que son los primeros en "plagiar" usos ajenos, porque el esnobismo parece circular por sus venas) ha asumido como suya. Ya no dicen, por ejemplo: "Ojalá apruebes tu examen", sino de esta otra forma: "Ojalá y apruebes...". ¿Qué diablos hace, entre aquella expresión de deseo y el verbo ese bendito "fonema consonántico palatal y sonoro" que, cuando no forma parte integrante de una palabra se comporta como conjunción copulativa? Nada bueno, sin duda; aquí su presencia es simple y llanamente inútil. Lo único que logra, al pegarse al "ojalá" es construir eso que conocemos como un idiotismo. Pero, claro, como en la tele el "ojala y..." fue empleado por Gisela, bacán, lo uso yo también y, así, seré admirado por los patas del barrio. Y así como el "ojalá y...", también tenemos esta otra insufrible expresión importada: "No se vale".
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